El camino rojo del flamenco entre tapas, vino tinto y un hotel en Sevilla.

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Lo había planeado ya hace mucho tiempo. Era mi único deseo, entonces. Una fecha marcada en el calendario con el lápiz rojo. Rojo es el color del flamenco. El color de la pasión, del dolor y de la vida intensa. Rojo que provoca todos mis sentidos. Así que la única cosa que podía hacer era sumergirme en Andalucía. Inicio donde otros suelen terminar la noche, es decir en un elegante hotel en Sevilla, donde el agradable personal se empeña en que visite algunos recónditos rincones de la vieja Hispalis.

Me veo envuelto en la movida sevillana, y camino a través de las oscuras calles de la ciudad vieja, en busca del color y del calor andaluz..Lo encuentro y me pierdo. Completamente.

Las horas se hacen pequeñas, y la noche corta, y el día viene pronto, pero estoy listo y ya lo espero. Esta vez es la zona de Triana que me conquista, una especie de fascinación. En un restaurante tradicional, en una mesa de una terraza con vistas al río Guadalquivir, me dejo mimar dulcemente por las típicas tapas y por un vino, rojo también, que me recuerda algo auténtico y patriarcal. Y el flamenco, de nuevo, y la pasión que proviene de la bailarina andaluza, que aparece poseída por la guitarra gitana que golpea duro. Hoy también voy a volver tarde a mi hotel de Sevilla, cansado, pero satisfecho. La ‘señora mañana’ me volverá a ver en Italia, y la tripulación aérea se dará cuenta probablemente de mis ojos cerrados por culpa del sueño, y no verá mi corazón inflamado gracias al flamenco. Pero esto será su problema, no el mío.

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